IA para abogados
La era del VibeWorking y las skills agénticas
La Revolución Industrial tardó generaciones. Esta lleva tres años. Una crónica desde el epicentro — y un cálculo de cuánto falta para que la onda llegue al derecho.

Cada vez que el mundo cambia de verdad, alguien saca a relucir los telares.
La Revolución Industrial, los obreros rompiendo máquinas de noche, el oficio artesanal devorado por el vapor. Es la analogía a la que todos echamos mano cuando hablamos de inteligencia artificial y trabajo, y no es mala. Pero falla en una cosa, y la cosa es el tiempo. A los telares les tomó generaciones. Un tatarabuelo vio la primera máquina y un tataranieto vio la última fábrica; hubo espacio para nacer, vivir y morir dentro de la transición.
Lo que estamos viviendo no da ese lujo. En cosa de tres años —tres— el mundo empezó a replantearse cómo se hacen las cosas. No es una revolución que se mide en generaciones. Es una que se mide en trimestres.
Y para algo que se mueve así de rápido, el telar ya no sirve como metáfora. Sirve mejor el terremoto.
Cuando tiembla, no todos tiemblan igual.
El epicentro lo vive primero, más fuerte, más violento. Ahí la tierra no se mueve: se rompe. A kilómetros de distancia, en cambio, la gente apenas siente un temblor lejano y alcanza a preguntarse si lo imaginó. La distancia al epicentro es, en el fondo, una forma de tiempo: mide cuántos segundos te quedan antes de que la onda —que viaja a velocidad conocida— llegue hasta donde estás.
El epicentro de este terremoto tiene una dirección bastante exacta: Silicon Valley, y dentro de Silicon Valley, la programación. No es casualidad. De todas las ocupaciones del mundo, escribir software es la más expuesta a la inteligencia artificial, porque el código es justo lo que estos modelos hacen mejor. Si quieres saber qué se siente estar parado sobre la falla, pregúntale a un programador.
Lo notable es lo que ves cuando te acercas al epicentro. Porque no se parece al colapso que la metáfora del telar te haría esperar.
2025 fue, en efecto, un año brutal para el empleo en Estados Unidos. La consultora Challenger, Gray & Christmas contó cerca de 1.2 millones de recortes, 58% más que el año anterior: el nivel más alto desde 2020. Amazon anunció en enero el despido de unos 16 mil empleados corporativos, encima de los 14 mil de octubre: treinta mil plazas en tres meses, el mayor recorte corporativo en la historia de la empresa. UPS anunció otros treinta mil —vía retiro voluntario y attrition—, encima de las 48 mil salidas que ya había acumulado en el año. Las cifras dan para el titular fácil: la máquina vino por nuestros trabajos.
Solo que cuando los investigadores fueron a ver qué causó realmente esos 1.2 millones de despidos, la inteligencia artificial ni siquiera entró al top cinco. La causa número uno fueron los recortes del gobierno federal —casi 294 mil plazas—, seguidos de las condiciones del mercado y el cierre de empresas. ¿La IA? Alrededor de 55 mil en todo el año: una astilla del total. Hay incluso un término nuevo para lo que algunas compañías están haciendo: AI-washing —culpar a la IA para disimular problemas más viejos y menos vistosos—. Y cuando la IA sí entra a un trabajo, los datos dicen que lo hace mucho más seguido como herramienta que como reemplazo.
Esa es la primera sorpresa del epicentro. No es que la IA esté despidiendo gente en masa. Es algo más sutil, y más profundo.
Anthropic publica un índice que mide esto con una precisión inusual, porque lo arma con conversaciones reales de su modelo, Claude. Y el retrato que pinta no es de destrucción, sino de mutación.
Los programadores encabezan la lista de ocupaciones más expuestas —la IA toca cerca del 75% de sus tareas—, cierto. Y aquí conviene ser preciso, porque el dato tiene dos caras. En el agregado de la economía, el modo dominante en que se usa la IA es el aumento: amplificar al humano más que reemplazarlo. Pero en software específicamente la mezcla se inclina hacia la automatización —el modelo haciendo la tarea entera— con un humano revisando detrás.
Lejos de contradecir el punto, lo confirma: cuando la máquina hace la talacha completa, el trabajo del programador no desaparece, se desplaza hacia revisar lo que la máquina produjo. Es la diferencia entre quitarle el trabajo a alguien y volverlo capaz de supervisar el de tres. Se estima que un programador con IA produce varias veces más código en el mismo tiempo. Y ahí está, escondido, el verdadero golpe: si cada quien rinde por tres, se necesitan menos personas para hacer lo mismo.
El propio Andy Jassy, director de Amazon, lo dijo sin anestesia a mediados de 2025: vamos a necesitar menos gente haciendo algunas de las cosas que se hacen hoy, y más gente haciendo otras. No "menos gente". Menos gente haciendo lo de antes, más gente haciendo lo nuevo. El empleo no se evapora. Se transforma. El oficio se mueve de lugar.
Conviene detenerse aquí, porque el peligro real de un terremoto no siempre es el que uno imagina.
El mercado laboral estadounidense entró a 2026 en un modo que los economistas bautizaron, con humor seco, como low hire, low fire: pocos despidos, pocas contrataciones. La tasa de desempleo subió a 4.6% en noviembre, la más alta desde 2021. Las vacantes cayeron a 6.5 millones en diciembre, el nivel más bajo desde septiembre de 2020. Y la creación de empleo se desplomó: según las cifras reportadas, en la segunda mitad de 2025 la economía sumó apenas unos miles de plazas al mes, una fracción del ritmo del año anterior.
Léelo otra vez. Lo que está pasando no es que te corran con violencia. Es que la puerta se cierra detrás de ti sin hacer ruido. Quien tiene trabajo lo conserva; quien lo pierde se topa con un mercado que ya no contrata. Y no contrata, en parte, porque cada quien que se quedó ahora rinde por tres.
La transformación no llega gritando "estás despedido". Llega susurrando "no necesitamos tantos como antes".
Ese es el verdadero rostro del epicentro: no escombros, sino una sala que, poco a poco, deja de necesitar tanta gente.
Conozco a alguien parado justo sobre la falla.
Hace más de un año le enseñé a hacer vibecoding: programar sin escribir código, describiéndole a la IA en español lo que uno quiere y dejando que ella lo teclee. Para él fue un juego de fin de semana. La última vez que lo vi me contó cómo trabaja hoy, y lo hizo con el tono más plano del mundo —el de quien describe por dónde maneja a la oficina—, sin caer en cuenta de que me estaba describiendo el futuro. Para él ya no era notable. Era un martes cualquiera.
Pero lo interesante es que mi amigo ya ni siquiera hace lo que le enseñé. El vibecoding resultó ser apenas la puerta. Porque lo de menos era el código: lo importante era el modo —trabajar conversando con la máquina en vez de hacer cada cosa con las propias manos—, y ese modo no es exclusivo de los programadores. Sirve para redactar un contrato, armar un escrito, preparar una cotización. A trabajar así se le empezó a llamar vibeworking. No programar conversando. Trabajar conversando.
Hoy mi amigo hace algo un paso más allá: skills agénticas. Una skill es, simplemente, una conversación que ya no tienes que repetir. La primera vez le enseñas a la IA, con calma, cómo se hace una cosa —tu cotización: el formato, los honorarios, la firma, el tono, lo que nunca puede faltar—. Esa primera vez cuesta. Pero es la última vez que lo explicas. De ahí en adelante lo pides y sale completo, listo para revisar. Le enseñaste una vez para que lo haga siempre. Y lo de agéntica es que no se queda esperando tu siguiente orden: actúa, junta los datos, arma el documento, lo termina. Encadenas varias y un día tu trabajo entero —antes pura talacha suelta— se volvió una maquinaria que opera mientras duermes.
Mi amigo no está asustado. Está produciendo por tres. Vive en el epicentro y, lejos de temerle a la falla, aprendió a pararse del lado correcto de ella.
¿Cuál es el lado correcto? Un ingeniero de Google, Adam Bender, lo nombró para una sala llena de programadores. Cuando la IA produce diez veces más rápido —dijo—, el cuello de botella se mueve. Deja de estar en producir y se va hacia revisar, hacia la confiabilidad, hacia responder por lo que la máquina rompe.
Escribir nunca fue lo difícil; lo difícil siempre fue responder por lo escrito.
El lado correcto de la falla, entonces, no es la mano que redacta. Es el ojo que decide. La IA cotiza, pero alguien tiene que saber si el número es el correcto. La IA redacta la cláusula, pero alguien tiene que ver si es una bomba de tiempo o una línea más. Eso —el criterio, el juicio, la responsabilidad— es lo único que el terremoto no se lleva. Es, de hecho, lo que más vale cuando todo lo demás se automatiza.
Lo cual nos deja con una última pregunta: ¿dónde está parado el derecho en este mapa?
Lejos del epicentro. En una ciudad que, por ahora, apenas siente un temblor lejano y alcanza a preguntarse si lo imaginó. Para la mayoría de los abogados todo esto suena a ciencia ficción —no porque sea falso, sino porque no han visto lo que estos modelos ya hacen—. Es desconocimiento, no imposibilidad.
Pero la onda viaja a velocidad conocida. A mi amigo le enseñé exactamente lo mismo que cualquier abogado podría aprender mañana; la diferencia no fue el acceso ni el talento, sino que él, al ver de qué era capaz la herramienta, corrió. El derecho, frente a lo mismo, lleva más de un año mirándolo de lejos. Calculo que nos faltan un par de años para que la onda llegue: para que ese martes cualquiera que mi amigo ya vive nos toque la puerta.
Un par de años es poco. Pero alcanza para una cosa: para decidir de qué lado de la falla queremos estar cuando llegue. Del lado de la mano que redacta —la que la máquina ya hace por tres— o del lado del ojo que decide.
La era del vibeworking ya empezó. En el epicentro es un martes. En el derecho, todavía es ciencia ficción. Y entre una cosa y otra no hay más que la distancia que la onda tarda en recorrer.
El reloj ya está corriendo.