Aldo Ricardo · IA y Derecho · Artículos
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IA para abogados

La promesa rota de la tecnología legal

No es tu culpa que le tengas aversión a la tecnología. Llevamos años trabajando con productos que complican más de lo que…

La promesa rota de la tecnología legal

No es tu culpa que le tengas aversión a la tecnología. Llevamos años trabajando con productos que complican más de lo que ayudan.

La tecnología debería ser la palanca que multiplica tu fuerza. La polea que te permite cargar más con el mismo esfuerzo. Esa es la promesa desde la rueda hasta el iPhone: hacer más con menos.

Pero en el mundo legal, esa promesa no se cumple.

Dices “tecnología legal” y la mente se va directo a interfaces que parecen sacadas de Windows 98, formularios que piden lo mismo tres veces, y combinaciones de colores que parecen diseñadas para provocar migraña. No es casualidad que los abogados sigamos aferrados a Word como si fuera 1995. Al menos ese programa no nos deja colgados a media audiencia.

Y ni hablemos del gobierno. Cuando te enteras de que “actualizaron” el sistema del SAT o del IMPI, el primer reflejo no es emoción. Es preocupación. Porque sabes que probablemente la dejaron peor. “Al menos la versión anterior ya le había agarrado la onda,” piensas mientras buscas un botón que antes estaba a un clic y ahora requiere siete.

¿Por qué es tan difícil hacer algo funcional, estético e intuitivo para el sector legal?

No es que los abogados seamos dinosaurios tecnológicos. Tampoco es que el derecho sea alérgico al buen diseño. El problema es más simple y más frustrante: durante décadas, las herramientas legales las diseñó gente que jamás las iba a usar.

Los sistemas de gestión los compra el socio director, pero los sufre el pasante. El software gubernamental lo licita un comité de burócratas, pero lo padece el ciudadano. Las bases de datos jurídicas se las venden al área de TI, no al litigante que necesita un precedente a las once de la noche con el término encima.

Cuando quien paga no es quien usa, los incentivos se desalinean. El producto se optimiza para ganar la licitación, no para resolver el problema. Para lucir bien en la presentación de PowerPoint, no para funcionar el martes a las tres de la tarde cuando traes el agua al cuello.

Por eso tantas herramientas legales parecen diseñadas por gente que nunca ha pisado un juzgado. Probablemente no lo han hecho.

Hay otro factor que nadie menciona: el sector legal premia la complejidad. Contrato más largo, parece más sólido. Sistema con más campos, parece más robusto. Interfaz con más opciones, parece más profesional. Confundimos cantidad con calidad. Y esa confusión se filtra al software que usamos.

Pero algo está cambiando.

Hay una nueva generación de herramientas que viene de otro lado. De abogados que se hartaron de usar productos mal hechos y decidieron construir los suyos. De startups que no cargan con código legacy de hace veinte años. De una cultura de producto que por fin entiende que simple no es lo mismo que simplista.

Y con ella viene algo que el sector apenas empieza a tomar en serio: el diseño legal.

No estamos hablando de ponerle mejor tipografía a tus contratos. Estamos hablando de repensar toda la experiencia. Cómo trabaja el abogado. Cómo recibe información el cliente. Cómo se siente usar una herramienta ocho horas diarias. El proceso completo, no solo el entregable.

Aceptar que la usabilidad importa ya sería un avance. Pero el cambio de fondo requiere algo más incómodo: cuestionar qué estudiamos y para qué. La mentalidad predominante sigue siendo que tu siguiente maestría tiene que ser en constitucional, en amparo, en fiscal. Siempre más derecho. Como si la solución fuera más de lo mismo.

Quizás la apertura está en disciplinas que ni consideramos: diseño de servicios, experiencia de usuario, gestión de producto. Entender que el abogado es, antes que nada, un prestador de servicios. Y que esos servicios pueden, por diseño, ser mejores.

Todos repiten que Uber desplazó a los taxis porque era fácil, seguro e intuitivo. Lo dicen en conferencias, lo postean en LinkedIn, lo meten en cada presentación. Pero casi nadie en el mundo legal implementa lo que parece tan obvio. Seguimos operando como los taxistas del 2010: quejándonos del cambio mientras ofrecemos la misma experiencia de siempre.

No es tu culpa tener resistencia a la innovación. Es una respuesta racional a una historia de decepciones. Cada vez que alguien prometió mejorar algo, lo dejó peor. Cada “actualización” significó reaprender todo. Cada “nueva plataforma” fue sinónimo de más trabajo.

Pero la resistencia tiene costo. Mientras te aferras a lo conocido, el mundo avanza. Los clientes quieren respuestas más rápidas. Los plazos son más cortos. La competencia viene de donde no la esperas. Seguir haciendo las cosas igual no es estrategia. Es cuenta regresiva.

La buena noticia: ya no tienes que elegir entre funcionalidad y sufrimiento. Existen herramientas que respetan tu tiempo. Que asumen que sabes lo que haces y te dejan hacerlo. Que entienden que la mejor tecnología es la que desaparece. La que simplemente funciona.

No es tu culpa haber desarrollado resistencia. Pero sí es tu decisión si la mantienes.