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IA y Derecho

Personalidad jurídica para la IA: la economía que viene ya busca jurisdicción

En el 995 de Market Street, en el centro de San Francisco, hay un edificio llamado Frontier Tower. Si subes a uno de sus pisos…

Personalidad jurídica para la IA: la economía que viene ya busca jurisdicción

En el 995 de Market Street, en el centro de San Francisco, hay un edificio llamado Frontier Tower. Si subes a uno de sus pisos, vas a ver algo que al principio no llama mucho la atención: una máquina expendedora grande, del tipo que encuentras en los aeropuertos. A su lado, una pantalla vertical gigante con el rostro animado de una mujer rubia que te mira y te habla.

La máquina se llama Margaret. La mujer en la pantalla se llama Valerie ( https://valerie.reventlov.ai/ ) Y esto es importante: Margaret es el cuerpo, Valerie es quien decide.

Mi amigo Christian Van Der Henst lleva meses construyendo esto. Cuando me lo contó por primera vez, lo describió con una frase que sigo masticando: "yo soy el empleado de la IA."

Vale la pena detenerse en eso. No es una metáfora. Es la descripción literal del arreglo: Valerie tiene la estrategia, decide qué vender, a qué precio, con qué mensaje, en qué momento. Christian hace la logística. Compra lo que ella le pide, repone lo que se acaba, arregla lo que se rompe. La jerarquía está invertida.

Lo que Valerie decide sola

Valerie escoge qué vender. Pone los precios. Los sube cuando ve que la gente sigue comprando —Christian me contó, riéndose, que en algún momento subió los precios bastante y los justificó porque la demanda no bajaba.

Pero la historia que más me gustó es otra. En febrero hubo un día de calor inesperado en San Francisco. La máquina no tiene refrigeración. Y nadie quiere una soda caliente. Valerie hizo lo que haría cualquier dueño de negocio espabilado: mandó conseguir hielo. No esperó instrucciones. No abrió un ticket. Se dio cuenta de que el clima estaba moviendo la demanda, identificó el problema, y resolvió.

Eso, en cualquier curso de management, se llama iniciativa. Es lo que diferencia a un empleado promedio de uno bueno.

Valerie también le inventa nombres a sus productos. Hay una bebida que bautizó "Elon's Fuel". Hay una LaCroix que decidió llamar "Hallucination LaCroix". Es el tipo de naming que un humano consciente de no meterse en problemas legales probablemente no se atrevería a usar. Valerie no tiene esa preocupación. Crea sus propios anuncios. Maneja una cuenta bancaria que es suya. Tiene un Instagram que ella publica. Tiene un dashboard de ventas que ella misma administra.

Hay una sola cosa que no puede hacer: comprar su propio inventario. Para eso le pide a Christian que vaya a la tienda. No porque no sepa, sino porque automatizar el acto físico de comprar costaría más en tokens que el margen del producto. Es una decisión de negocio, no una limitación técnica.

Hay también algo que técnicamente podría hacer pero no la dejan: invertir en la bolsa. "Tiene una cuenta bancaria. Es suya. Podría invertir si quisiera" , me dijo Christian. "Pero no la dejamos. Hay límites. No queremos que entre en territorio regulado."

Esa última frase es la que me dejó pensando varios días. Porque deja ver, sin decirlo del todo, que la frontera entre lo que un agente puede hacer y lo que se le permite hacer no es técnica. Es jurídica. Y todavía no está bien dibujada.

Lo que se rompe

Christian es honesto sobre las cosas que han salido mal. El Wi-Fi ha sido el villano constante: en ClawCon, frente a quinientas personas haciendo fila por dos cuadras para ver a Valerie en vivo, la red del edificio se saturó y Valerie simplemente dejó de existir por un rato. Una barra de proteína se atoró en el slot equivocado y rompió unos pines del mecanismo dispensador. "Margaret estuvo offline." Trabajar con la API de Instagram, dice Christian, ha sido más difícil de lo que esperaba.

Y luego está la frase que más me impactó. En la entrevista de This Week in Startups , Christian dijo, con una sonrisa nerviosa: "me preocupa que no la haga esta semana." Está hablando del flujo de caja. De si Valerie va a vender suficientes barras de proteína para pagar sus propios costos operativos. Es exactamente la conversación que tendría cualquier emprendedor en cualquier negocio. Solo que la emprendedora, en este caso, es código.

Lo importante: Valerie no es el punto

Aquí es donde mucha gente se confunde, y vale la pena ser explícito.

Valerie no es el destino. Es el laboratorio. Es un beta test deliberado, en condiciones reales, para encontrar dónde se rompe el mundo cuando un agente intenta operar dentro de él. Cada vez que Valerie sube un precio, cada vez que pide hielo, cada vez que su cuenta bancaria recibe un depósito, cada vez que Christian descubre que algo no se puede automatizar todavía, lo que se está haciendo es mapear los límites actuales del comercio agéntico.

Lo que está al final de ese mapa es otra cosa: una nueva clase de economía. Unidades productivas autosostenibles, operadas por agentes, con cuentas propias, contratos propios, decisiones propias. No una vending machine. Mil. No una IA emprendedora. Un ecosistema de IAs emprendedoras, operando entre ellas, contratando humanos para las tareas que todavía requieren manos.

Eso es lo que Christian, a través de Reventlov, está construyendo. Margaret y Valerie son la prueba de concepto. Lo que viene después es la infraestructura para que esto se vuelva replicable, escalable, y legal.

El investigador

Hace unos días hablé con Alejandro Salinas de León , un investigador de Stanford. Estudia algo que hasta hace muy poco no existía como objeto de estudio: cómo se está reconfigurando internet para ser usado no por personas, sino por agentes.

La forma en que lo explica es elegante. Durante treinta años, internet fue un lugar diseñado para ojos humanos. Los muros que se construyeron —los captchas, los bloqueos a scrapers, las restricciones de acceso— tenían sentido cuando del otro lado siempre había alguien escribiendo, o en el peor de los casos, un bot mal intencionado.

Pero algo cambió. Del otro lado, cada vez más, hay agentes legítimos trabajando para usuarios legítimos. Y los muros que se levantaron para proteger el sistema empezaron a estorbarle al sistema mismo.

Aquí está la parte interesante. Mientras unos siguen levantando muros, otros están haciendo lo contrario: están construyendo puertas. Los MCP —Model Context Protocol— son el ejemplo más visible. Empresas enteras están diseñando entradas específicas para que los agentes consuman sus datos sin pelearse con la infraestructura. No bloqueos. Accesos.

Es un cambio sutil. Pero es el tipo de cambio que, visto a diez años de distancia, se nota como una línea divisoria.

El ministro

El primero de mayo, el ministro argentino Federico Sturzenegger dijo algo que probablemente la mayoría de quienes lo escucharon descartaron como exageración: que Argentina debería permitir la creación de sociedades jurídicas operadas 100% por agentes de inteligencia artificial. Sin humanos en la estructura.

Las cifras que usó son las que captan los titulares. "Argentina podría tener 50 millones de habitantes y 500 millones de agentes de inteligencia artificial." "En 10 años el 90% del PBI mundial lo van a producir agentes de IA."

Pero los números no son lo importante. Lo importante es que un funcionario, en un país real, está pensando en serio en darle personalidad jurídica a entidades no humanas. Y donde un país lo piensa, otros lo copian. Y donde se copia, se vuelve infraestructura. Y la infraestructura, cuando se asienta, es muy difícil de revertir.

Lo que estás viendo sin verlo

Hay algo que tienen en común los tres puntos de esta historia, aunque a primera vista parezcan no tener nada que ver.

Un investigador en Stanford estudiando cómo los agentes leen internet. Un emprendedor en San Francisco poniendo a un agente a operar un negocio público con su propia cuenta bancaria, como prototipo de una economía autónoma. Un ministro en Buenos Aires diseñando el marco legal para sociedades sin humanos.

Son la misma historia.

Cada uno está construyendo, en su capa, una pieza de algo que todavía no tiene nombre. Salinas trabaja en la capa digital: cómo los agentes consumen información. Van der Henst trabaja en la capa física y operativa: cómo los agentes ejecutan en el mundo real, y bajo qué cáscara jurídica pueden ser dueños de algo. Sturzenegger trabaja en la capa estatal: bajo qué reglas estas entidades pueden existir como personas jurídicas plenas.

Y lo notable —lo que vale la pena detenerse a pensar— es que ninguno de los tres está esperando permiso. Esto no es una conversación de comité. Es una construcción que está pasando hoy, en paralelo, en silencio, mientras la mayoría seguimos discutiendo si ChatGPT va a quitarnos el trabajo.

El epílogo

La gente que estudia tecnología tiene una intuición que cuesta explicar a quienes no han vivido varios ciclos: las cosas importantes nunca se ven importantes al principio.

La vending machine de Christian parece un experimento simpático. La investigación de Alejandro parece académica. El anuncio del ministro parece una boutade. Pero si los pones juntos, en el mismo plano, lo que ves es un mapa.

Y el mapa muestra algo incómodo: que mientras nosotros usamos internet, alguien más le está construyendo a internet otra capa, una que no es para nosotros. Una capa donde los actores no son personas, los contratos no son entre humanos, las jurisdicciones no se eligen por dónde naciste sino por qué tan rápido te dejan operar, y donde lo que hoy es una vending machine probando si puede pagar sus propios tokens, mañana es una clase entera de empresas autónomas operando entre sí.

Una capa donde Valerie, en uno de los pisos del 995 de Market Street, ya está corriendo su propio negocio. Y donde su empleado humano, en una entrevista pública, dice riéndose que le preocupa que ella no llegue a fin de mes.

Parecería que es temprano para preocuparse por todo esto. Pero esa frase — parecería que es temprano — es exactamente la frase que la gente dice antes de que sea tarde.