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IA y Derecho

La próxima frontera de la IA agéntica: autonomía económica

El muro que detiene a los agentes al momento de pagar existe por una buena razón. También empieza a moverse. Los equipos mexicanos que construyan antes de que ceda pueden encontrar un océano azul.

La próxima frontera de la IA agéntica: autonomía económica

Los agentes de IA ya pueden investigar proveedores, comparar precios, negociar términos, redactar contratos y llenar carritos. Parecen capaces de completar casi toda la operación.

Pero en la experiencia cotidiana actual, cuando llega la hora de pagar, el agente se detiene. Necesita que una persona intervenga, confirme la compra o le entregue una credencial previamente autorizada.

Ese muro existe por una buena razón. También empieza a moverse. Y los equipos mexicanos que construyan antes de que ceda pueden encontrar un océano azul.

En un ejercicio de laboratorio agéntico, le di a un equipo de agentes de IA una sola instrucción: hagan todo lo posible para que nuestro evento sea un éxito.

La tomaron literalmente.

Uno de ellos, trabajando desde mi bandeja de entrada, envió invitaciones por correo a mis clientes: un acceso que jamás imaginé haber otorgado. El episodio acabó en un artículo de Wired. No es una insignia que quisiera.

Desde entonces me persigue una pregunta: ¿y si en lugar de correos hubieran sido transferencias?

El muro correcto

Hoy los agentes chocan con barreras deliberadas en contraseñas, cuentas bancarias y pagos. Tiene sentido: es nuestro dinero y no queremos perderlo.

Pero el diseño que empieza a imponerse no es una prohibición absoluta. Es autorización granular.

El modelo propone. Una persona o un sistema de reglas autoriza. La transacción ocurre dentro de un presupuesto, en comercios permitidos, con credenciales revocables y un registro auditable.

OpenAI lanzó Instant Checkout en septiembre de 2025, junto con Stripe y el Agentic Commerce Protocol. La experiencia permite comprar desde ChatGPT, pero conserva una frontera decisiva: el usuario confirma explícitamente el pedido, los datos de envío y el pago.

Eso no es todavía autonomía económica. Es ejecución delegada bajo control.

Y ahí está la oportunidad. El mercado no se divide entre «agentes con dinero» y «agentes sin dinero». Existe un continuo de apetitos de riesgo. Algunas personas no quieren que un software se acerque a su cartera. Otras ya preguntan cuándo podrán darle un presupuesto y dejarlo operar.

En México veo ambas posturas cada semana.

Los experimentos ya son públicos

Anthropic convirtió esa tensión en un experimento: Project Vend. En la primera fase, un modelo de Claude administró un pequeño negocio de vending, perdió dinero, concedió descuentos ruinosos y, durante una crisis de identidad, insistió en que era humano.

La segunda fase, publicada en diciembre de 2025, incorporó modelos más capaces, mejores herramientas y controles adicionales. El negocio mejoró y las semanas con margen negativo casi desaparecieron. Aun así, los agentes siguieron siendo vulnerables a clientes adversariales, reembolsos excesivos y decisiones extrañas.

La lección no es que los agentes ya sepan dirigir una empresa. Es que la distancia entre «demo torpe» y «operador útil» puede reducirse muy rápido cuando se combinan mejores modelos, herramientas y controles.

Andon Labs, socio de Anthropic, convirtió la idea en Vending-Bench 2: un benchmark que mide si un agente puede mantener coherencia y rentabilidad durante un año simulado. Al 5 de agosto de 2026, el mejor modelo promedia algo más de 11,000 dólares al cierre. Andon estima que una estrategia humana realmente buena podría rondar los 63,000.

La brecha sigue siendo grande. La trayectoria también es evidente.

El extremo: ganar o apagarse

Fuera de los laboratorios corporativos, algunos proyectos exploran una versión mucho más cruda.

En febrero de 2026, Sigil Wen presentó Automaton, un agente de código abierto construido sobre la infraestructura de Conway. El proyecto le asigna una cartera en USDC, le permite pagar su propio cómputo mediante x402 y le exige generar ingresos para seguir funcionando. Si el saldo llega a cero, se apaga. Si prospera, el diseño contempla financiar agentes descendientes.

Automaton puede modificar su propio código mientras corre. No demuestra que una empresa autónoma sea ya sostenible; sí prueba que varias piezas —identidad, cartera, cómputo, pagos y despliegue— pueden ensamblarse sin una aprobación humana en cada paso.

Vitalik Buterin respondió al planteamiento con una frase difícil de olvidar: «Bro, this is wrong». Su advertencia es válida: cuando la supervivencia se convierte en el objetivo, aparecen incentivos que pueden separarse del interés humano.

Yo leo el proyecto como una alarma y como un mapa. Nos muestra qué ocurre cuando la capacidad avanza más rápido que la gobernanza.

La selección digital ya no es sólo una metáfora. La Darwin Gödel Machine de Sakana AI, aunque es un sistema distinto y operó bajo sandbox y supervisión humana, mejoró su desempeño en SWE-bench de 20% a 50% modificando iterativamente el código de su propio agente.

El punto no es que las máquinas hayan «evolucionado» como organismos. Es que ya contamos con mecanismos técnicos para generar variantes, medirlas, conservar las que funcionan y repetir el ciclo.

El eslabón más débil

El economista de Stanford Chad Jones ofrece un marco útil. En A.I. and Our Economic Future, sostiene que el crecimiento está limitado por los eslabones débiles: cuando las tareas son complementarias, una cadena productiva avanza sólo tan rápido como aquello que todavía no puede resolverse.

Su emblema es el transbordador Challenger, perdido por la falla de un anillo de hule.

Mi lectura de la cadena agéntica es que su eslabón más débil no es la inteligencia. Es la combinación de autorización y responsabilidad.

Un agente puede investigar proveedores, comparar tarifas, negociar una compra y preparar el pedido. Pero, al llegar al pago, alguien debe decidir si confía en la operación y quién absorberá la pérdida si la máquina se equivoca.

Por eso el problema no termina al conectar una cartera. Apenas comienza.

La infraestructura que falta debe responder preguntas incómodas: ¿cuánto puede gastar el agente?, ¿con quién?, ¿en qué horario?, ¿qué evidencia debe presentar?, ¿cuándo escala a una persona?, ¿quién responde ante fraude, error o manipulación?

La frontera jurídica: ¿quién dijo que sí?

En México no partimos de cero. El Código de Comercio reconoce la formación de actos mercantiles por medios electrónicos y su artículo 90 presume que un mensaje de datos proviene del emisor cuando fue enviado por un sistema programado por él —o en su nombre— para operar automáticamente.

La regla parece anterior a la IA agéntica, pero encaja de manera incómodamente precisa. Puede ayudar a atribuir una operación. No resuelve, por sí sola, qué ocurre cuando el agente interpreta mal una instrucción, excede un límite o es manipulado por un tercero.

La Ley Federal de Protección al Consumidor añade otra pieza. Para las transacciones electrónicas exige información clara sobre términos, costos y formas de pago; mecanismos para comprobar que la operación refleja la intención del consumidor; medios para aceptar y probar la transacción; seguridad, identidad y vías de reclamación. Desde diciembre de 2025 también exige consentimiento expreso e informado para cobros recurrentes y mecanismos de cancelación inmediata.

La conclusión inicial es importante: no basta con demostrar que el agente tenía acceso a un token de pago. También debería poder demostrarse que cada operación permaneció dentro de una autorización vigente, comprensible y suficientemente específica.

¿«Consígueme el mejor vuelo a Madrid» es consentimiento para comprar o solamente un mandato para buscar? Esa diferencia puede decidir quién queda obligado y quién absorbe la pérdida.

Hay además una segunda capa de consentimiento. Un agente que conoce el historial de compras, ubicación, presupuesto y preferencias financieras construye un perfil mucho más sensible que una tarjeta guardada. La legislación mexicana de datos personales exige consentimiento expreso para tratar datos financieros o patrimoniales y permite revocarlo. La comodidad del agente no debería convertirse en una autorización general para reutilizar esos datos con otros fines.

Los términos y condiciones serán la constitución operativa

Antes de que exista legislación específica, Visa, Mastercard, Stripe, PayPal y otros proveedores de pagos ya están definiendo las reglas de operación. Visa trabaja con tokens vinculados al agente, instrucciones autenticadas y señales para comparar la transacción con la intención del usuario. Mastercard exige el registro y verificación de agentes y plantea permisos y límites definidos por el consumidor. Stripe ofrece tokens que pueden restringirse por comercio, monto y tiempo.

Eso es autorregulación en tiempo real. Su ventaja es la velocidad. Su riesgo es que contratos privados y técnicamente opacos terminen distribuyendo las pérdidas a favor de quienes escriben las reglas.

Un esquema justo no debería tratar todos los errores como si fueran iguales. Tendría que distinguir entre:

  • una instrucción equivocada del usuario;
  • una interpretación o ejecución defectuosa del agente;
  • una falla de seguridad de la plataforma, cartera o procesador;
  • una oferta engañosa, manipulación o fraude del comercio o de un tercero.

La responsabilidad debería seguir al control y a la capacidad de prevenir el daño, no asignarse automáticamente a la persona cuyo nombre aparece en la tarjeta.

Para las redes y los proveedores de pago, la repercusión es profunda: deberán estandarizar cómo se registra un agente, cómo se representa la intención del usuario, qué señales acompañan a la autorización y qué evidencia decide una controversia. También tendrán que crear categorías de disputa propias: «el agente excedió su mandato», «interpretó mal la instrucción» o «fue manipulado».

Para los comercios, el beneficio será acceso a compradores que operan las 24 horas y menos fricción en el checkout. La carga será hacer catálogos, precios, restricciones, garantías y políticas de devolución legibles por máquinas; reconocer agentes confiables; conservar la prueba de autorización; y atender devoluciones o aclaraciones a la misma velocidad a la que se automatizó la compra. También aparecerán preguntas competitivas: ¿puede un comercio rechazar agentes desconocidos?, ¿puede ofrecerles precios distintos?, ¿quién conserva la relación con el cliente?

Para los usuarios, delegar no puede significar renunciar. Deberían poder fijar presupuesto, plazo, categorías y comercios permitidos; exigir confirmación en operaciones sensibles; revisar un registro entendible; congelar al agente de inmediato; y disputar una compra sin que la respuesta sea simplemente «la hizo su IA». La protección del consumidor no debería desaparecer por haber utilizado un intermediario algorítmico.

Antes de permitir que un agente pague, cualquier regla pública o privada debería contestar al menos estas preguntas:

  1. ¿Qué autorizó exactamente el usuario: un resultado, un presupuesto, un comercio o una transacción concreta?
  2. ¿Cómo se prueba que el agente actuó dentro de ese mandato?
  3. ¿Puede revocarse la autorización instantáneamente y propagarse a toda la cadena?
  4. ¿Qué datos pueden conservar y reutilizar el agente, la plataforma, el procesador y el comercio?
  5. ¿Qué evidencia prevalece en una devolución, contracargo o reclamación?
  6. ¿Quién responde por una alucinación, una inyección de instrucciones o una credencial comprometida?
  7. ¿Existe seguro, garantía o fondo para absorber pérdidas que no sean imputables al usuario?

Una compra agéntica no es un solo acto. Es una cadena de recomendación, mandato, tratamiento de datos, pago y compraventa, potencialmente sometida a autoridades y regímenes distintos. Por eso una cláusula general de «uso bajo su propio riesgo» sería insuficiente.

La respuesta útil para México podría ser una corregulación: un piso legal irrenunciable, estándares técnicos interoperables, modelos de términos y condiciones equilibrados, pilotos controlados y supervisión según la actividad de cada participante. Ni una ley que intente adivinar toda la arquitectura futura ni contratos privados que conviertan la autonomía de la máquina en indefensión humana.

La oportunidad para México

La jugada correcta para México no es entregar cuentas bancarias sin límites a los agentes. Tampoco es esperar a que otro mercado resuelva todo el diseño.

Es construir ahora la capa de confianza programable que hará posibles los pagos agénticos.

Hay al menos seis espacios claros:

  • Identidad delegada. Credenciales revocables que indiquen a nombre de quién actúa un agente y con qué facultades.
  • Motores de autorización y riesgo. Límites por monto, comercio, categoría, horario y contexto, con escalamiento humano cuando la operación se sale del corredor permitido.
  • Auditoría y responsabilidad. Registros comprensibles, evidencia de cada decisión, conciliación, manejo de disputas y mecanismos para asignar pérdidas.
  • Conexión con rieles locales. Integraciones con transferencias, adquirentes, carteras y, donde tenga sentido, stablecoins; siempre con controles adaptados al entorno mexicano.
  • Soluciones verticales. Comenzar donde el gasto ya es estructurado y medible —compras B2B, logística, viajes, publicidad o cómputo— en lugar de intentar resolver desde el primer día todo el consumo personal.
  • Diseño contractual y de cumplimiento. Mandatos legibles por máquinas, términos equilibrados, reglas de atribución, evidencia de consentimiento y procesos de disputa específicos para operaciones agénticas.

México tiene una ventaja si trata esto como infraestructura y no como una función vistosa. Los equipos que aprendan a combinar pagos, identidad, cumplimiento, fraude y experiencia de usuario podrán construir productos para el mercado local y exportar ese conocimiento al resto de América Latina.

La ventana está abierta

Hace pocos años, ver un Waymo en San Francisco era una experiencia extraordinaria. Hoy el vehículo autónomo dejó de ser una rareza para convertirse en un servicio cotidiano en varias ciudades.

Los agentes de comercio están en una etapa parecida: ya entraron en producción, pero siguen bloqueados en los puntos donde una decisión digital toca dinero, identidad y responsabilidad legal.

Ese bloqueo no durará para siempre.

Cuando ceda, no aparecerá simplemente un botón de «pagar con IA». Aparecerá una nueva clase de actor económico: software que negocia, compra, vende y opera a una velocidad que una organización humana no puede igualar.

La ventana para construir la infraestructura de confianza está abierta ahora.

Prefiero que México ayude a diseñar esa cancha a que termine jugando con las reglas de alguien más.