IA y Propiedad Intelectual
Crear con IA no te da derechos de autor en México. Punto.
El experimento 1 vs 5 prompts que llevó el debate a tribunales — y las frases textuales con que la SEPI cerró la puerta.

Durante dos años presencié la misma discusión en foros, paneles, artículos y sobremesas de abogados: ¿una obra creada con inteligencia artificial tiene derechos de autor en México?
Y durante dos años escuché todas las respuestas posibles. Que sí, porque la IA es una herramienta como cualquier otra. Que no, porque falta el "toque humano". Que depende del número de prompts. Que depende de la plataforma. Que la Corte ya lo resolvió. Que la Corte no resolvió nada. Cada experto con su interpretación, cada interpretación sin un solo expediente que la respaldara. Dimes y diretes, opinión contra opinión, y los creadores de este país en medio, sin saber a qué atenerse.
En algún momento entendí que ese debate no iba a terminar con un mejor argumento. Los debates jurídicos no se acaban con opiniones: se acaban con sentencias.
Así que decidí provocar una. Dos, de hecho.
I. El diseño del experimento
La inspiración vino de Estados Unidos. En enero de 2025, la Oficina de Copyright concedió el registro de una obra hecha con IA titulada "A Single Piece of American Cheese": su creador no se limitó a pedir y aceptar, sino que iteró, editó regiones específicas de la imagen, seleccionó y arregló los elementos generados. Para la USCO, en ese proceso había suficiente autoría humana. Una rebanada de queso americano, registrada.
Ese precedente dejaba planteada la pregunta exacta que México no había respondido: si la intervención humana se mide en grados, ¿cuánto se necesita aquí? ¿Dónde pone México la raya que Estados Unidos acababa de trazar del otro lado?
Un experimento honesto cambia una sola variable y mantiene fijo lo demás. Imaginé una ciudad —la Ciudad de México en el año 2100, el Paseo de la Reforma como una espina de luz, el Ángel de la Independencia restaurado, visto desde la altura de un helipuerto que no existe— y solicité su registro dos veces.
La primera, con un solo prompt en GPT-4o. La segunda, con cinco prompts trabajados en Midjourney: cinco decisiones sucesivas, cinco correcciones, más deliberación, más yo. Si la intervención humana pesaba, cinco tenían que pesar más que uno. Ahí aparecería la frontera mexicana.
No escondí nada. Escribí el nombre del modelo en el título mismo de cada obra: "MÉXICO 2,100 — 5 PROMPTS — INTELIGENCIA ARTIFICIAL GENERATIVA — MIDJOURNEY". Me identifiqué como autor al cien por ciento y declaré la IA como lo que fue: mi herramienta. El experimento requería transparencia total, precisamente porque lo que estaba a prueba era el criterio de la autoridad, no mi habilidad para sortearlo.
II. Lo que INDAUTOR contestó, con sus palabras
La primera respuesta del Instituto ya traía el corazón de todo el criterio. Cito textual, del oficio DRPDA/SROC/TL9449/2025:
"...aunque la persona física es quien da los lineamientos e instrucciones a la inteligencia artificial, la creación resulta siendo producto de los algoritmos que emplea la inteligencia artificial […] no siendo suficiente para cumplir con el requisito que establece el artículo 3 de la Ley Federal del Derecho de Autor."
Y remató con una degradación que a cualquier creador le va a doler leer: lo que presenté como obra, dijo, no lo es —
"...no se trata de una obra artística y literaria creada por una persona física, sino de un simple activo generado a través de los servicios que ofrece dicho sistema."
Tu obra: "un simple activo". Guarda esa frase.
Pero el requerimiento que me hicieron para "corregir" la solicitud es la parte que nadie me creería si no estuviera por escrito. Condición tercera, textual:
"Deberá reponer el ejemplar omitiendo la mención de cualquier tipo de inteligencia artificial o señalando a detalle el grado y tipo de participación de la misma..."
Léelo otra vez. La autoridad registral pidió, por oficio, borrar la mención de la IA. La puerta que abrieron no fue la de crear distinto: fue la de callar. Si hubiera ocultado la herramienta, hoy tendría mis dos registros. El experimento reveló, de paso, algo que no buscaba: el sistema premia la opacidad y castiga la transparencia. Piensa en el incentivo que eso siembra en cada solicitante del país.
Cuando insistí —argumentando que mi creatividad estaba en la concepción y en cada palabra del prompt, "del mismo modo en que un pintor escoge los colores de su paleta o un fotógrafo encuadra una escena"—, la resolución final fue seca:
"...las instrucciones aportadas por el actor a la inteligencia artificial son insuficientes para constituir una impronta o aporte intelectual propio."
Demandé la nulidad. De las dos negativas. El experimento necesitaba llegar a donde los debates no llegan: a sentencia.
III. Lo que argumenté ante la Sala
Ante la Sala Especializada en Materia de Propiedad Intelectual llevé la tesis que medio gremio sostenía en los paneles —ahora sí, por escrito y a prueba.
Que negar la autoría por usar IA es el mismo salto lógico que decir: "un pincel no puede ser autor, luego quien usa un pincel tampoco". La premisa es cierta; la conclusión no se sigue de ella.
Que la "participación humana suficiente" que exigía la autoridad no existe en ninguna ley mexicana: no hay artículo que la establezca, ni umbral que la defina, ni parámetro que diga cuántos prompts o cuántas horas bastan. Un examen sin temario, que se inventa en el momento de reprobarte.
Que las causales para negar un registro son un catálogo cerrado —artículo 164— y "usaste inteligencia artificial" no aparece en él. Que el registro es declarativo, no constitutivo: el registrador inscribe derechos que ya nacieron; no es juez de la creatividad.
Y que los precedentes que me oponían —el caso de la IA "Leonardo" ante la Corte, la sentencia 788/24 de la propia Sala— resolvían otra cosa: casos donde alguien pretendía que la IA fuera la autora. Yo jamás pretendí eso. La distinción entre una obra hecha por IA y una obra hecha con IA era, precisamente, el terreno donde vivía todo el debate.
Ese terreno acaba de ser resuelto. Conmigo adentro.
IV. El veredicto, con sus palabras
La Sala confirmó las dos negativas. Y su razonamiento —sentencias del 6 y del 29 de mayo de 2026, expedientes 1637/25-EPI-01-10 y 1636/25-EPI-01-7— quedó escrito en frases que conviene citar exactas, porque son el mapa del terreno que hoy pisamos todos.
Sobre el prompt:
"...las instrucciones funcionan como un encargo o idea abstracta, pero es la inteligencia artificial quien la materializa, acto que no controla el usuario."
Sobre la visión misma —la ciudad que nació en mi cabeza—:
"...la visión de la Ciudad de México en el año 2100 constituye una idea abstracta, materia expresamente excluida de protección legal conforme al artículo 14, fracción I, de la Ley Federal del Derecho de Autor."
Sobre el papel de la herramienta:
"...es evidente que la plataforma Midjourney no fungió como herramienta auxiliar, sino como ejecutante."
Sobre el acto de elegir el mejor resultado —la carta de la curaduría—:
"...elegir una imagen de entre diversas opciones preexistentes generadas de forma automática por la inteligencia artificial constituye una actividad evaluativa, no creativa."
Y sobre la buena fe con la que la ley presume toda solicitud:
"...la buena fe en el aspecto adjetivo no convalida la inexistencia del objeto del registro."
Cada frase es una puerta cerrándose. Instruir no es crear. Concebir no es crear. Elegir no es crear. Y la herramienta que ejecuta no es tu pincel: es la ejecutante de la obra.
El golpe definitivo, hay que decirlo, me lo di yo solo — y era parte del diseño. En el expediente reconocí que el dibujo fue "generado de manera total a partir de instrucciones de texto y sin intervención manual posterior". Ese reconocimiento era necesario: el experimento medía exactamente eso, la creación por prompt puro. Con esa confesión, la distinción entre "con IA" y "por IA" se desplomó: si no metiste la mano después, tu "con" es, a los ojos de la ley, indistinguible del "por".
¿Y la variable del experimento? Irrelevante. Un prompt o cinco: la Sala ni siquiera los distinguió. Lo que en Estados Unidos abrió la puerta de la rebanada de queso —la iteración, la edición, el grado de intervención— aquí ni siquiera entró al análisis. Para México, el problema nunca fue cuánto le pides a la máquina, sino quién ejecuta la obra.
Hipótesis contrastada. Resultado: negativo, dos veces.
No me creas a mí: lee las sentencias completas.
- Expediente 1636/25-EPI-01-7 (cinco prompts): sentencia completa en Drive
- Expediente 1637/25-EPI-01-10 (un prompt): sentencia completa en Drive
V. La bala que me queda
Me queda una: el amparo.
Voy a usarla. Buscaré que este debate llegue hasta la Suprema Corte, porque la pregunta de fondo lo amerita y porque los dos expedientes están construidos precisamente para eso. Estas sentencias no son la última palabra del sistema jurídico mexicano, y sería deshonesto venderlas como definitivas.
Pero tampoco voy a venderte optimismo. Después de recorrer este camino —el registro, la prevención, la negativa, el juicio, la sentencia, dos veces— se siente algo difícil de poner en un concepto de impugnación: la autoridad hará un esfuerzo por decir que no. Como quien tiene un mandato de no abrir la puerta. Cada instancia ha encontrado su propia manera de llegar a la misma negativa, y cuando todas las rutas desembocan en el mismo lugar, uno empieza a sospechar que el destino estaba decidido antes que el camino.
Y que nadie confunda "no definitivo" con "no serio". Son dos casos, con hipótesis distintas, resueltos con idéntico criterio, idéntica lógica y el mismo fundamento: el amparo 6/2025 de la Segunda Sala, que ya había dicho que la IA "no tiene la creatividad, la experiencia, la percepción del entorno del momento, ni los sentimientos del ser humano que dan como consecuencia una obra original". Cuando dos hipótesis distintas producen la misma respuesta, no es un accidente: es una línea. El debate de los paneles ya tiene expediente. Quien siga discutiendo "interpretaciones" está discutiendo contra dos sentencias.
VI. Dónde quedó la frontera
El experimento buscaba una frontera, y la encontró. No estaba donde el debate la buscaba.
La propia Sala dejó, casi al pasar, el único resquicio que sobrevive: reconoció que es distinto "cuando la tecnología actúa de forma asistencial o accesoria a la ejecución del ser humano". Traducido: la autoría no vive en el antes —la idea, la frase, la intención—, sino en el después. En lo que haces con lo que la máquina te devuelve. Si tomas ese resultado y le metes mano —lo editas, lo compones, lo transformas— y puedes documentarlo, hay obra, hay autor, hay derecho. Es, irónicamente, lo que hizo el creador del queso americano: metió mano sobre el resultado, y por eso su rebanada tiene registro y mi ciudad no.
Si sale entero del prompt y así lo dejas, no hay nada que registrar. La etiquetes como la etiquetes. Diseñar el prompt perfecto no te hace autor: la autoría, hoy, empieza donde pones la mano, no donde termina tu idea.
Esa es la foto de México en 2026, con dos números de expediente que la sostienen.
VII. La pregunta real
Pero no quiero que te quedes con la foto. Quiero que veas hacia dónde apunta.
Si un prompt "envenena" un dibujo al grado de dejarlo sin derechos, ¿qué pasa con todo lo demás que la IA ya está tocando? ¿El contrato que redactaste con un asistente? ¿El código que tu equipo escribió conversando con un modelo? ¿El libro que corregiste con IA, la marca que diseñaste iterando, la investigación que sintetizaste con ayuda de una máquina? La lógica del "ejecutante" no tiene un límite natural: hoy alcanzó a mi ciudad imaginada, y nada en su razonamiento impide que mañana alcance cualquier obra donde la máquina haya puesto la última capa.
En un mundo donde la IA va a tocar prácticamente todo lo que producimos, la pregunta real ya no es si mi dibujo merecía registro. Es esta:
¿Todo lo que toca la IA se envenena y deja de tener derechos?
Porque si la respuesta es sí, en diez años el dominio público va a ser el archivo más grande —y menos voluntario— de la historia creativa de este país. Y si la respuesta es no, alguien tiene que decir dónde termina el veneno. Los tribunales ya dijeron dónde no está la frontera. Falta que alguien diga dónde sí.
Esa bala todavía la tengo. Y pienso usarla.