PI y Derechos de Autor
Cuando la IA Cuestiona tu Autoría: El Revés que Obliga a Repensar Todo
Ya quedó presentada ayer. La solicitud de infracción del Autor, uno de esos asuntos que parecen resueltos incluso antes…

Ya quedó presentada ayer. La solicitud de infracción del Autor, uno de esos asuntos que parecen resueltos incluso antes de comenzar. La conducta del presunto infractor encuadra perfectamente en la fracción I del artículo 231. Las pruebas, impecables. El registro, intachable. Nadie esperaba lo que vendría después.
Esta mañana, el dictamen pericial aterriza sobre el escritorio del Instituto como una granada sin seguro. El análisis técnico, respaldado por herramientas de detección de IA y un exhaustivo estudio comparativo de patrones, sugiere que el 99% de la obra en cuestión, esa que el Autor registró como propia, presenta características consistentes con contenido generado por inteligencia artificial.
Mientras el Autor, que hasta hace unas horas tenía un caso blindado, balbucea explicaciones sobre "correcciones menores" y "toques finales", la contraparte no solo se defiende - contraataca presentando una solicitud de declaración administrativa de nulidad del registro.
Su argumento es demoledor:
si la obra fue generada principalmente por IA, carece de la originalidad necesaria para ser protegida bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. No hay necesidad de justificar el uso no autorizado de algo que, técnicamente, nunca debió ser registrado en primer lugar.
A primera vista, el argumento parece sólido, especialmente cuando hablamos de imágenes generadas por Midjourney o Stable Diffusion, o textos producidos por ChatGPT. Pero la realidad es más compleja. ¿Qué sucede, por ejemplo, con el código fuente de software, donde el uso extensivo de IA es ya una práctica estándar en la industria? Programadores en todo el mundo utilizan Cursor, Github Copilot, Windsurf y otras herramientas de IA para generar porcentajes significativos de su código. La originalidad aquí no reside necesariamente en cada línea individual, sino en la arquitectura general, la selección de soluciones, la integración de componentes y la adaptación a necesidades específicas.
Si aplicamos el mismo criterio de "porcentaje de generación por IA" al software, podríamos estar invalidando una parte sustancial de los registros de programas de cómputo actuales. ¿Es eso lo que pretende la ley? ¿O necesitamos desarrollar criterios diferentes de originalidad para diferentes tipos de obras?
Pero el verdadero terremoto que este caso provoca en el sistema mexicano de derechos de autor va más allá de la validez de un solo registro. Estamos presenciando una potencial inversión de los principios fundamentales que han regido la materia por décadas. El derecho de autor, por su propia naturaleza, nace desde el momento mismo en que la obra se fija en un soporte material, operando bajo un principio de buena fe que ha sido piedra angular del sistema.
Ahora, cualquier obra creada después de 2023 podría enfrentar el peso de tener que probar su proceso creativo.
La pregunta ya no sería "¿quién copió a quién?", sino "¿puede usted demostrar que no usó IA?". ¿Cómo probamos la ausencia de algo? ¿Cómo demostramos un proceso creativo que, por su propia naturaleza, rara vez se documenta exhaustivamente?
La mayoría de los autores no guardan sus bocetos iniciales, sus borradores, sus intentos fallidos. Un pintor no fotografía cada pincelada, un escritor no documenta cada reescritura, un músico no graba cada improvisación. El proceso creativo es frecuentemente caótico, intuitivo, personal. Exigir su documentación detallada no solo impone una carga probatoria extraordinaria - amenaza con transformar fundamentalmente la naturaleza misma del acto creativo.
Esta inversión de la carga de la prueba podría convertir cada registro de derechos de autor en un potencial campo minado, cada reclamación por infracción en una invitación a cuestionar la originalidad de la obra desde su origen. El sistema de protección autoral, diseñado para fomentar y proteger la creatividad, podría paradójicamente convertirse en su mayor obstáculo.
¿Estamos preparados para un mundo donde cada autor deba convertirse en su propio archivista, documentando meticulosamente cada paso de su proceso creativo? ¿O necesitamos repensar fundamentalmente cómo entendemos y protegemos la originalidad en una era donde la línea entre la creatividad humana y la asistencia artificial se vuelve cada vez más borrosa?